Estaba tan indignado que no pudo evitar la confusión. Y tan confundido que lo invadió una mezcla de excitación sexual y divina exigencia.
Qué desastre, por el favor de dios...
(Dedicamos esta frase a nuestro Hernán, en el aniversario de su encuentro cara a cara con el obstetra. Y agradecemos al valiente estudiante sexualmente frustrado que en plena clase profirió esta herejía híbrida, como así también a Leonardo por hacérnosla llegar.)
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